Biogás en Argentina: la tecnología ya está probada, pero el negocio depende del digerido y del metano
Con 27 plantas industriales relevadas por INTA y Agricultura, el biogás dejó de ser una promesa teórica en Argentina. El problema ahora es menos generar energía que cerrar la ecuación económica: aprovechar el digerido, sostener la operación y medir con precisión las fugas de metano.
A abril de 2026, el biogás en Argentina ya no se discute como una tecnología experimental. Se discute como una infraestructura productiva que funciona, pero que todavía no resolvió su segunda mitad económica: qué hacer con el digerido, cómo asegurar una operación estable y cómo medir con más precisión el metano que se pierde en el proceso.
La base institucional existe. La página de Ambiente presenta a los biodigestores como una vía para transformar residuos orgánicos en energía y biofertilizante, con una reducción de emisiones de metano. En paralelo, el Programa Biogás de la Nación insiste en que los sistemas para residuos sólidos urbanos orgánicos tienen que ser sostenibles al mismo tiempo en lo técnico, lo ambiental, lo institucional y lo económico si quieren integrarse de verdad a los proyectos municipales.
El dato más útil para medir la escala local vino de un relevamiento del INTA y la Secretaría de Agricultura: en Argentina funcionaban 27 plantas industriales de biogás. Eso ya permite sacar la discusión del plano declarativo. Hay capacidad instalada, hay operación, hay residuos valorizados y hay una cadena que convierte desechos agropecuarios y agroindustriales en energía. Pero la misma investigación dejó una señal incómoda: la mayoría de esas plantas se concentró en la valorización energética y no en el aprovechamiento del digerido.
Ese punto importa porque marca el límite físico del negocio. Si el residuo tratado sólo produce electricidad o calor, pero no cierra una salida sólida para el biofertilizante, la cuenta queda incompleta. Para un país con márgenes ajustados en logística, transporte y manejo de residuos, la economía circular no puede quedarse en el digestor; tiene que seguir hasta el uso agronómico.
La cooperación tecnológica también siguió moviéndose. En 2025, INTA y el BIOMA de China renovaron por cinco años su trabajo conjunto sobre tecnologías sostenibles de biogás, una señal de que el sector todavía busca mejorar desempeño y transferencia de conocimiento. Y como benchmark internacional, un trabajo técnico de Oil & Gas Journal mostró que un algoritmo satelital detectó plumas de metano en 18 ubicaciones únicas en la cuenca Midland, mientras que el mismo artículo cita estimaciones en Estados Unidos que ubican las emisiones de metano un 60 % por encima de las cifras oficiales de la EPA.
Esa comparación deja una conclusión útil: el próximo salto del biogás no depende sólo de construir más biodigestores, sino de medir mejor el metano, monetizar el digerido y volver más previsible la operación. Ahí está la frontera real de escala.
La base institucional existe. La página de Ambiente presenta a los biodigestores como una vía para transformar residuos orgánicos en energía y biofertilizante, con una reducción de emisiones de metano. En paralelo, el Programa Biogás de la Nación insiste en que los sistemas para residuos sólidos urbanos orgánicos tienen que ser sostenibles al mismo tiempo en lo técnico, lo ambiental, lo institucional y lo económico si quieren integrarse de verdad a los proyectos municipales.
El dato más útil para medir la escala local vino de un relevamiento del INTA y la Secretaría de Agricultura: en Argentina funcionaban 27 plantas industriales de biogás. Eso ya permite sacar la discusión del plano declarativo. Hay capacidad instalada, hay operación, hay residuos valorizados y hay una cadena que convierte desechos agropecuarios y agroindustriales en energía. Pero la misma investigación dejó una señal incómoda: la mayoría de esas plantas se concentró en la valorización energética y no en el aprovechamiento del digerido.
Ese punto importa porque marca el límite físico del negocio. Si el residuo tratado sólo produce electricidad o calor, pero no cierra una salida sólida para el biofertilizante, la cuenta queda incompleta. Para un país con márgenes ajustados en logística, transporte y manejo de residuos, la economía circular no puede quedarse en el digestor; tiene que seguir hasta el uso agronómico.
La cooperación tecnológica también siguió moviéndose. En 2025, INTA y el BIOMA de China renovaron por cinco años su trabajo conjunto sobre tecnologías sostenibles de biogás, una señal de que el sector todavía busca mejorar desempeño y transferencia de conocimiento. Y como benchmark internacional, un trabajo técnico de Oil & Gas Journal mostró que un algoritmo satelital detectó plumas de metano en 18 ubicaciones únicas en la cuenca Midland, mientras que el mismo artículo cita estimaciones en Estados Unidos que ubican las emisiones de metano un 60 % por encima de las cifras oficiales de la EPA.
Esa comparación deja una conclusión útil: el próximo salto del biogás no depende sólo de construir más biodigestores, sino de medir mejor el metano, monetizar el digerido y volver más previsible la operación. Ahí está la frontera real de escala.
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Escribo sobre transición energética, sustentabilidad e integración tecnológica con foco en factibilidad física, costos y escala. Comparo tecnologías más allá del discurso y ordeno qué soluciones son viables, cuáles siguen limitadas y qué condiciones exige cada escenario.
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